Un experimento controlado con 1.012 personas encontró que, cuando el mismo pronóstico se comunica como "10% de probabilidad de perder" en vez de "90% de probabilidad de ganar", el votante cuyo candidato pierde duda mucho menos de que el pronóstico haya estado mal, y desconfía un poco menos de la legitimidad de la elección.
Cuando alguien vota por el candidato que pierde, tiende a desconfiar más del proceso y del sistema. A esto se le llama el winner-loser gap, y no es un detalle menor. Erosiona la percepción de legitimidad de la elección, y Toshkov y Mazepus (2022) encontraron que sus consecuencias pueden llegar a afectar incluso la salud, la felicidad y la satisfacción con la vida de quienes pierden.
Los pronósticos alimentan esa tensión. Comunicar que un candidato tiene "90% de probabilidad de ganar" infla la sensación de certeza sobre el resultado. Cuando lo improbable ocurre y el candidato pierde, esa sorpresa puede convertirse en sospecha. Como señala Mongrain (2023, citado en el paper), anticipar mal un resultado "tiende a crear un estado de incomodidad psicológica, que incluso puede alimentar la negación" (traducción propia).
Nuestra pregunta fue directa. ¿Se puede reducir esa desconfianza solo cambiando el encuadre del pronóstico, sin tocar el número? Es decir, comunicando la misma probabilidad como "10% de perder" en lugar de "90% de ganar".
Diseñamos un experimento controlado, preregistrado antes de recolectar un solo dato, y lo corrimos con 1.012 personas en Estados Unidos a través de Prolific.
Fue un diseño 2×3. El pronóstico se presentaba como probabilidad de ganar o su equivalente probabilidad de perder, con tres niveles de favoritismo: favorito claro (90/10), favorito medio (75/25) o ventaja leve (60/40).
Cada persona leía que el candidato que apoyaba era el favorito según los pronósticos… y que al final perdía la elección. Justo el escenario que dispara la desconfianza.
Medimos dos percepciones en una escala de acuerdo de 1 a 7. ¿El pronóstico estuvo mal? ¿La legitimidad de la elección es dudosa? Cuanto más alto el puntaje, más desconfianza.
El número no cambió. "90% de ganar" y "10% de perder" son idénticos; lo único que cambió fue la palabra en la que se pone el foco, y con eso bastó para mover de forma sustancial cuánto confía el perdedor en el pronóstico.
No fue una apuesta a ciegas. El diseño se apoya en hallazgos previos: la forma en que se expresa una probabilidad orienta lo que la gente espera, más allá del número mismo (Teigen & Brun, 1999). Y en distintos contextos, la información y los mensajes redactados en negativo tienden a percibirse como más veraces y confiables (Hilbig, 2009, 2012; Koch & Seeger, 2017). El paper revisa varios mecanismos más; estos dos fueron el punto de partida.
El favoritismo del pronóstico también pesa. Cuando había un favorito claro o medio, la percepción de que "el pronóstico estuvo mal" fue mayor que cuando la ventaja era leve; entre favorito claro y medio, la diferencia no fue estadísticamente significativa.
Tiene sentido. Mientras más se anticipaba la victoria, más sorpresiva resulta la derrota, y más fácil es pensar que el pronóstico estuvo mal.
Una de las preguntas de control del estudio pedía recordar el número exacto del pronóstico. Algunas personas, en vez de repetir el número que habían leído, escribieron su complemento: si les habían dicho "10% de perder", contestaron "90% de ganar".
El estudio se preregistró en OSF (hipótesis, diseño y plan de análisis fijados antes de recolectar datos, para no elegir resultados a posteriori). Calculamos el tamaño de muestra con un análisis de potencia y, de 1.219 respuestas, nos quedamos con 1.012 tras filtros de atención estrictos. De las dos hipótesis preregistradas, se confirmó que el encuadre afecta la percepción; no se confirmó que el favoritismo module ese efecto del encuadre, ya que la interacción entre ambos factores no fue significativa al incluir las covariables. El efecto principal del encuadre se mantiene incluso controlando por género, edad, educación y afiliación política, así que no se explica por el perfil de los participantes.
En un análisis exploratorio y no preregistrado, el encuadre también redujo la sospecha sobre la legitimidad de la elección, pero solo cuando había un favorito claro o medio, no cuando la ventaja era leve; al ser posterior a los datos, hace falta más evidencia para confirmarlo. Más abajo detallamos otros límites del estudio.
Es un working paper y aún no pasó revisión por pares; por eso dejamos los datos y materiales abiertos.
Ser honestos sobre los límites es parte del método. Estos son los que los propios autores reconocen en el paper.
Comunicar un pronóstico como "probabilidad de perder" no cuesta nada y no engaña a nadie, porque es exactamente la misma probabilidad. Pero puede reducir de forma medible la desconfianza de quien pierde tras un resultado inesperado.
Para quien comunica encuestas, medios o pronósticos, es una palanca concreta, una decisión de redacción respaldada por evidencia experimental que puede aminorar el golpe a la confianza en el sistema, sobre todo en el formato de una sola probabilidad que probamos aquí. No resuelve la polarización, pero mueve una parte del problema al costo de cambiar una frase.
Este estudio también muestra cómo trabaja el laboratorio. Partimos de una pregunta, la convertimos en una hipótesis preregistrada, la ponemos a prueba con un experimento controlado y medimos el efecto. Es el mismo método que aplicamos con nuestros clientes, aquí puesto sobre una pregunta de interés público.